Empieza contando las diversas teorías que dan los viejos de
las aldeas sobre lo que son los blancos. En cualquier caso es un negro muerto,
dicen unos que el cuerpo desciende por la tierra hasta el mar donde pasa mucho
tiempo, por eso el color de la piel se aclara. Otros dicen que son los muertos
que se venden a los blancos y estos últimos se encargan de resucitarlos y como
efecto secundario se quedan blancos.
Nuestro protagonista es un hombre joven que es enviado a
Bélgica para estudiar con una beca.
En el avión tiene la mala suerte de que se le sienta una
blanca al lado. Pasa todo el viaje sin hablar con ella pese a sus intentos de
comunicación porque piensa que lo están tentando. Si comete el error de hablar
con la mundele lo tirarán en pleno vuelo. Cuando la azafata avisa de que hay que abrocharse los cinturones él se
abrocha el de sus pantalones hasta el último agujero. Busca a Dios cuando
sobrevuelan las nubes e intoxica todo el avión con el pollo picante que le ha
preparado su familia, ya que no sabe que le van a dar de comer.
Llega en el invierno europeo en mangas de camisa porque
“cómo va a tener cada país un clima diferente”, se hiela de frío por las noches
porque duerme sobre el edredón y quiere ponerse el pijama que le han regalado
para ir a misa. El día en que nieva sale a la calle a preguntar “¿en qué mundo
estamos? ¿Es esto el paraíso?”
La comida tampoco es un tema sencillo para un congoleño. Se
extraña de que comamos alimentos crudos “como los animales”. Al tiempo de vivir
en Europa vuelve al país una temporada y cuando regresa lleva la maleta llena
de sus manjares favoritos. Lo necesario para hacer fufú, hojas de tapioca,
pescado salado y un par de monos ahumados. En el aeropuerto intercambia las
maletas por error con un europeo que volvía cargado de “piedras” (diamantes y
marfil)… por suerte para ambos (no sé cuál estaría más horrorizado) consiguen
intercambiarlas y se comen todo lo que había traído. Tiran los huesos de los
monillos en una maleta vieja que encuentra un vagabundo. Al ver los esqueletos
piensa que han matado a dos niños… la historia acaba en la policía explicando
que en el Congo el mono se come.
Un día muere un familiar de la familia de acogida y su mujer
se rapa la cabeza, se viste con lo más viejo que tiene, se pone a besar al muerto y se tira al suelo
y empieza a gritar… ante tal espectáculo la invitan a marcharse. Contará a su
marido que le han dicho que debe vestirse como en una fiesta, no llorar y dejar
de coger las cosas del muerto que ella pretende enterrar. “Aquí no lloran los muertos,
son salvajes, no quiero vivir más aquí”…
También sufre el racismo y el desconocimiento del hombre
blanco. Los niños se agolpan a su alrededor, cuando lo tocan las madres les
regañan y corren a lavarlos, la gente les dice que se bañen para quitarse el
color negro (como si fuese roña) y se niegan a alquilarles una casa.
En fin, unas cuantas anécdotas que dejan ver el abismo
cultural entre el Congo y Europa… libro difícil de encontrar, pero muy
recomendable.

Esto de que publiques las entradas de 10 en 10 no es bueno para tu público, demasiada información de golpe, que si las bodas, que si los murciélagos, los guisantes... Desde teletipos hasta crítica literaria, de todo hay en este blog. :-)
ResponderEliminarBesos
Hola flor. He leído del tirón toda tu estancia en Logo. Veo que sigues bien aunque ciertamente cabreada por la situación del hospital y más la actitud del personal sanitario que no está muy por la labor...seguro que lograrás contagiarles algo de tu entusiasmo y buen hacer.
ResponderEliminarPor aquí ya vamos hablando de tu vuelta y los planes de fiesta...aunque por lo que se ve ya te las arreglas para festear también por ahí, no me sorprende, jeje.. Cuídate. Mariana.